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Versos para rescatar a la muerte del olvido

No perdono a la muerte enamorada
no perdono a la vida desatenta
no perdono a la tierra ni a la nada

Miguel Hernández

Cada palabra es el aliento suave, verso de la conclusión, que trae de vuelta la memoria; cada vocablo es la comunión, poema del precipicio, que ata la vida a la mortaja fría del inicio. Así el hálito de la pérdida y la resurrección del final son en Marivell Contreras una constante que marca el poemario Muchacha de abril.
Ella, la poeta, se acuesta con el murmullo ruinoso de la extinción, porque se sabe enamorada del latido fundamental, ese que compone la sinfonía de la vida. Ella es -ante ella misma- el espejo fundacional de todas para sobrevivir a la muerte. La palabra te evoca Kerys porque Marivell te sabe eterna en el verso, te arranca del olvido y te hace respirar en la memoria del amor.
La rabia de la ausencia inicial se va acomodando para comprender la esperanza en la memoria de los justos. Ellas -poeta y muerte- vuelven a ser, delante de las demás, la imagen que construye ese calendario compartido. Cada cual comprende la sentencia del infinito, alguien la niega, pero Marivell lo sabe y se encarga de tallar estas letras para interpretar la eternidad desde la su raíz.
Entonces, la infancia es el retorno de los recuerdos, donde la alegría era la brisa que lo besa todo, era esconderse en la bóveda celeste y llorar estrellas con las hermanas; era tan simple como salir a vivir sin preámbulos ni posiciones, era apenas la niñez compartida en la estación de la inocencia.
El arrebato brutal del acantilado que trae la muerte es la condición necesaria para interpretar el futuro, un puñal acerado que duele acá adentro, pero nos hace respirar el siguiente diástole y amar intensamente la vida. Por lo que, Marivell nos hace trascender y sabemos que ella soy yo, pero el yo poético de la tercera persona se transfiere -en estado emocional puro- al yo individual y, sobre todo, al yo del lector y uno termina imbuido de ese infinito que es Kerys, para rescatar a la muerte del olvido.
Por armando rivera

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